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especial el archivo de JR Lueje con su particular mirada de la mon-
        taña. En ambas fuentes aparece reflejada la estructura adehesada
        de los sotos de castaños y las “guarizas” a modo de sistemas agro-
        forestales, el mimo con el que se cuidaba el arbolado en los setos
        vivos de los predios particulares, el acotamiento del matorral a las
        áreas de más baja productividad pastoral en virtud de la extensión
        de los pastizales a diente como elemento dominante del paisaje
        montano, así como la preservación ordenada de las manchas de
        bosque autóctono con una estructura interna a modo de montes
        huecos. Usos del suelo que dibujaban en su conjunto, y a diferentes
        escalas, un rico y variado mosaico paisajístico fruto del delicado
        equilibrio entre conservación y explotación de los recursos natura-
        les.

        Por lo anterior, podemos afirmar que los casinos ya sabían prote-
        ger y cuidar el monte bajo criterios de sostenibilidad antes de que
        ningún reconocimiento oficial diera cuenta de la calidad medioam-
        biental de sus recursos naturales, y que además lo hacían desde de
        la triple faceta de la sostenibilidad: social, económica y ambiental;
        sin que ese “saber hacer local” haya sido incorporado por ninguna
        de las distintas corrientes conservacionistas que sucedieron a las
        comunidades locales al frente de las gestión y ordenación del mon-
        te, tal cual veremos a continuación.


        La pérdida de la capacidad de gestión de las comunidades rurales
        sobre el recurso monte sucedió de manera paralela al inicio de las
        transformaciones paisajísticas y a su pérdida de capacidad pro-
        ductiva, en un proceso dilatado en el tiempo que arranca a finales
        del siglo XVIII y que deja sentir sus efectos más notables una vez
        sobrepasado el ecuador del siglo XX, en el marco de una dictadura
        tecnocrática que entendió el media rural en general, y la gestión co-
        munitaria del monte en particular, como una cuestión arcaica que
        había que superar en pro de la modernización del país. Uno de los
        hechos más notables que cabe señalar en esta etapa fue la decla-
        ración de Montes de Utilidad Pública (MUP en adelante) de manera
        coetánea a la conformación del Catálogo del mismo nombre, ya
        que ello supuso en Caso la declaración de un total 31 MUP que invo-
        lucran el 81,2 % de la superficie municipal y que se irán convirtiendo
        progresivamente en “montes de inutilidad local” para los casinos.




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