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Valdés-Salas y Bartolomé de Carranza




         sis, fue nombrado obispo de seis diócesis, la última de Sevilla, que apenas visitó. Así como de
         valerse del Santo Oficio “para conminar y perseguir a sus deudores insolventes”, o de poner
         “por inquisidores a deudos y criados suyos, y hombres indoctos”.
            Gregorio Marañón consideraba el proceso “como uno de los acontecimientos fundamen-
         tales del reinado de Felipe II e índice de la conciencia colectiva de su tiempo” De las más
         de 40.000 páginas –decía- “no se sacarán un solo adarme de convicción sobre la herejía de
         aquel prelado, y sí sólo una inmensa piedad para él y una indisimulable repugnancia para sus
         perseguidores”.

            Carranza recusó al juez del proceso, y no hubo sentencia. Pío V Papa dominico, como
         Carranza, llevó el proceso a Roma. El mismo Papa asistió a varias sesiones del proceso. Al
         final fue declarado inocente. Pero el rey de España tenía que conocer la sentencia antes de
         ejecutarla. Antes de que llegara la respuesta real murió Pio V. Clemente XIII le sucede, y antes
         que decidiera la publicación de la sentencia absolutoria también falleció. Gregorio XIII, que
         le sucede se vio presionado para que no procediera a la declaración de inocencia; y, sin con-
         denarlo, le exigió cinco años de reflexión y oración en Roma antes de incorporarse a su sede
         episcopal y primada de Toledo. Al poco de cumplirse el plazo fallece Carranza en Roma y es
         enterrado en el convento dominicano de Santa María sopra Minerva. El Papa quiso encargarse
         del elogioso epitafio sobre su tumba, tras la confusa sentencia que dictó. Hasta el año 1993
         los restos mortales del arzobispo Bartolomé de Carranza no serían recibidos en la catedral de
         Toledo.
            Nos encontramos con una situación propia de aquellos tiempos. La herejía protestante,
         como entonces se decía, era la mayor amenaza para la Iglesia católica. El Concilio de Trento
         tuvo una fuerte dimensión de contrarreforma, frente a la reforma, que se entendía como rup-
         tura, del protestantismo con el catolicismo. No olvidemos que poco después se declararía la
         Guerra de Religión en el Centro de Europa, que duró treinta años. En España se realizó una
         política de perseguir todo lo que pereciera que se desviaba de la ortodoxia católica. Llevada
         por personas, que hoy llamaríamos integristas al frente del tribunal de la Inquisición, ésta
         determinó recelar y por ello perseguir cualquier enseñanza que se desviara de la tradición
         eclesial. Con ello se negaba cualquier reforma. Entonces no se conocía la expresión: “la Igle-
         sia siempre en actitud de reforma”, de origen protestante, pero asumida por el Papa Francisco,
         como reflejo de una realidad, que tuvo su manifestación más clara en el Concilio Vaticano II.
            Pero no se pueden olvidar razones más bien de carácter afectivo, que corresponde a la
         condición humana de todos los tiempos. Aunque no siempre se confiesen pertenecen a la
         debilidad humana. Los historiadores coinciden en ese distanciamiento afectivo entre el Gran
         inquisidor Fernando Valdés Salas y el dominico, cardenal Primado de las Españas, arzobispo
         de Toledo. Fue este quien llevó la peor parte de esas enfrentadas relaciones humanas.





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